¿Por qué he escrito una novela?

Es, quizá, la pregunta más fácil a las que me he enfrentado en todo este proceso. Por necesidad. Así de rotundo. Escribir es, desde que tengo recuerdos, una necesidad. No hablo de escribir poemitas en carpesanos. Hablo de escribir relatos, cuentos, incluso obras de teatro de las que me arrepiento adaptando a Ionesco en una locura adolescente. 

Bendita adolescencia. 

Sin embargo, hace cinco años me salía del pecho ponerme en serio. Y contar algo más largo. Crear unos personajes y verlos evolucionar. Tenía la historia, pero no sabía cómo contarla. Se me hacía muy cuesta arriba armar la estructura y desarrollar el libro. ¿Por qué me pasaba eso si leo unos 60 libros al año desde que tengo memoria? Tenía experiencia de lector sobrada cuando me puse a escribir, pensé que sabía hacerlo. 

Nada más lejos. Escribir una novela no es armar un relato de tres páginas y dárselo a leer a amigos y familiares. Escribir una novela es un trabajo durísimo. En mi caso, además, de muchos viajes e investigación. En resumen. Escribí una novela porque no me quedaba más remedio. Tenía que darle forma a una historia que llevaba en mi cabeza años pero que no sabía cómo acabaría. Y no lo supe hasta que me enfrenté duramente a la estructura. 

Armar la trama, desarrollar los personajes, tener todo claro más o menos de por dónde quieres que vayan los hilos argumentales. Qué dispara aquella acción, o qué supone el final de un capítulo. Todo eso es harina de otro costal. Y nadie te lo explica. Por muchos libros que leas o hayas leído, nada te enfrenta al hecho mismo de que lo importante no es por qué escribir una novela. Es cómo hacerlo. 

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